Aterrizaron en Tokio a finales de noviembre y, desde ahí, el viaje empezó a fluir con esa mezcla tan japonesa entre orden, belleza y caos controlado. Tres noches en el New Otani Garden Tower, un clásico impecable, fueron la base perfecta para explorar la ciudad: Senso-ji, la calle Nakamise, Shibuya, zonas futuristas de Odaiba… lo típico, sí, pero con ese mood que solo se vive la primera vez que pisas Tokio.
Y entre templos y neones, llegó uno de esos momentos que marcan: un ramen espectacular en un sitio al que jamás habrían entrado por su cuenta. Japón hace estas cosas: lo inesperado siempre es lo mejor.
La excursión a Hakone añadió el toque romántico: lago, vapor, vistas tímidas del Fuji, arte al aire libre y ese aire frío que te despeja la cabeza. Después vino Kioto, y aquí el viaje tomó otra textura: calles de madera, templos infinitos, luz suave y la sorpresa de ver geishas en Gion sin buscarlas. Eso sí: entre espiritualidad y postales, hicieron lo que nadie espera en una honeymoon japonesa… un día entero en Universal Studios Osaka. Diversión pura, cero postureo, energía y muchas risas.
Después de la intensidad japonesa, tocaba dejarse caer.
Literalmente.
El vuelo fue largo, la escala en Singapur pesada, pero…
llegaron a Dhigali Maldives y el mundo se puso en modo slow motion.
Water villa. Azul perfecto. Silencio bonito. Todo incluido bien hecho, y cócteles, muchos cócteles.
Días enteros flotando, desayunando mirando el agua, atardeceres que parecían editados y una calma que te recoloca la cabeza.
Maldivas fue eso: respirar, soltar y disfrutar de esas aguas claras y paradísiacas.